
El jardín secreto
Hay un pueblo, un pueblo que abre cada amanecer, sus manos y, abriendo las manos, extiende los brazos como abriendo montañas, esas montañas, sus manos, dejan entrar a los rayos del sol, rayos luminosos, fuertes, con un calor suave casi meloso, rayos que besan cada parte de ese pueblo. Las nubes se mueven como queriendo besar a la Aurora, una aurora, dulce y perfumada, la aurora entra por los poros, entra en los poros de la hoja y en cada una de las hojas tiernas del jardín, silenciosa, se mueve la Aurora, no quiere despertar a ninguna hoja, o incluso alguna flor, quiere llegar a los escombros de sus pequeños, tallos, tallos dolidos o maltratado por el tiempo.
Los ojos de la Aurora, se sorprenden al ver a un ciprés, no hay piedra más bella que la piedra de tu aura, piensa la Aurora, al encontrarle, se dice la Aurora una y mil veces a ella misma, contemplando al ciprés. La aurora abraza al ciprés; pero él, no se da cuenta, le besa no se da cuenta, así mismo le deja postrado en la selva que le vio nacer, duerme tranquilo, apenas siente, el soplo de viento que recorre toda su raíz, sus hojas grandes, se estremecen pero él no sabe el porqué, todo su cuerpo vibra y brilla de alegría sin saber por qué se siente así, ¡Sentirse tan inundado de paz!
Cada día el jardín se abre, la Aurora juega con él ciprés, lo toma en sus manos, lo abraza, le riega con el jugo de la vida, le sonríe y se marcha, se marcha contenta, de regresar mañana, otra vez más. Al jardín secreto con el tesoro dotado de un árbol de ciprés. Apenas sale la Aurora y se escucha el cantar en lo alto.
